La temperatura de servicio influye directamente en los aromas, el sabor y la percepción de un vino. Servirlo demasiado frío puede ocultar algunos de sus matices, mientras que una temperatura excesivamente alta puede hacer que el alcohol destaque más de lo necesario y reste equilibrio al conjunto.
Los vinos blancos y rosados suelen disfrutarse frescos, generalmente entre los 8 y los 12 grados. Esta temperatura ayuda a conservar su carácter frutal, su frescura y su agradable paso por boca. Sin embargo, conviene evitar enfriarlos en exceso para poder apreciar correctamente sus aromas.
En el caso de los tintos jóvenes, una temperatura aproximada de entre 12 y 15 grados permite resaltar la fruta y mantener una sensación fresca. Los vinos con crianza pueden servirse entre los 16 y los 18 grados, favoreciendo así la expresión de los aromas adquiridos durante su paso por barrica.
Para alcanzar la temperatura adecuada, es recomendable enfriar el vino progresivamente y evitar cambios bruscos. Una cubitera con agua y hielo permite ajustar la temperatura con rapidez, mientras que abrir la botella unos minutos antes de servirla puede ayudar a que determinados vinos se expresen mejor.
En Bodegas Ochagavía, cinco generaciones han mantenido viva una tradición iniciada en 1880. Sus vinos de la D. O. Rioja, elaborados principalmente con Tempranillo y Garnacha, ofrecen distintas opciones para descubrir cómo la temperatura de servicio puede ayudarnos a disfrutar plenamente de cada copa.
